El aceite de palma es el más utilizado del mundo, tanto en alimentación, limpieza y cosméticos como para producir biocombustible. Y uno de los ingredientes con peor reputación entre muchos consumidores europeos por su contenido en grasas saturadas y los excesos medioambientales de su producción en países como Indonesia y Malasia. Se encuentra en infinidad de productos que comemos: pizzas, bollería industrial, margarinas, cremas de cacao, pasteles… Y, sin embargo, hasta ahora su presencia en tantos alimentos quedaba oculto bajo la denominación genérica de “aceite vegetal”.
El nuevo reglamento europeo de etiquetado obligará a precisar dónde hay aceite de palma. Y eso tendrá varias consecuencias. En Malasia, país del que procede la mayor parte del aceite de palma que llega a Europa, las autoridades admiten cierta preocupación por si la respuesta de los consumidores hace descender las exportaciones. Por otro lado, también confían en que haya mayor demanda de su aceite de palma con certificado de sostenibilidad, el que acredita, entre otras cosas, que procede de zonas en las que no se ha deforestado la selva autóctona.
En países como Francia, Bélgica y Suecia ha habido campañas muy agresivas en contra del aceite de palma —los supermercados Casino llegaron a eliminarlo de todos sus productos—. De ahí que Unilever, uno de los gigantes mundiales del gran consumo, acabe de anunciar que el 100% del aceite de palma que introduce en el mercado europeo ya está certificado.

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